"Mentiras simples, pastillas, y un hogar que no es mi hogar."
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Mirar al costado

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Una vez, ella dijo:
"Es sano y amable, mirar al costado y siempre encontrarte. Gitana del sur, envuelta en tristezas, que camina descalza entre tan fieras piedras. No tires la toalla, no entierres la arena, y arroja tus gritos al suelo, tus risas al cielo y tu amor al vivir.
 
Gracias Gitanas."








 Y yo quise que siguiera así:
"Y que los gritos no reboten, que las risas se hagan eco eternamente, y que el amor se haga vida.
Tal como una luz sentimental, las tristezas nos envuelven, vuelven y se van.
Yo sigo descalza, por placer, por libertad, por aguantar.

Filosofía barata y los zapatos en el placard.
No es todo lo que te dí, son sólo grandes verdades.
Pero algo más verdadero que esto no te puedo dar:
Te quiero con el alma gitana."

202/11/2008
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Nuestra peor condena

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Estoy recorriendo las ruinas de nuestros mejores momentos; asqueada por tus ideas y pensamientos, tan contrarios a los míos.
Al fin y al cabo, es mejor hablarnos sin decirnos nada a recordarnos cada día que somos mundos inconexos con lazos inquebrantables. Sabiendo así, que querernos, es nuestra peor condena.



Cometimos un delito:
"Los hermanos sean unidos, porque esa es la ley primera"
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Despedida de cartón.

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Está claro que encontrarte fue perderme. Te llevaste partes de mi cada vez que quisiste aparecer, y nunca las trajiste de vuelta conmigo.
Necesito, por favor, las ganas de no verte otra vez, y con ello, la fuerza para dejar de mentirme y la sensatez para dejar de intentarlo.
No quiero flores de tu parte, que me hagan tener esperanza. Quiero desaparecer de ese mundo que inventé, porque extrañarte ya no me sirve y esperarte me desespera.
Ya no está tu fantasma observándome en mi soledad; ahora, por fin, esto es real.
Creo que es hora de despedirme de la ilusión de formar parte de vos. En mi vida también pasa el tiempo, y ya no quiero desviarme de mi constante caminata en círculo; no hay atracción entre tu negatividad y la de mi centro.
No hay risas, ni abrazos que me saquen de este encierro, porque parte de mi libertad también te la llevaste, con otras tantas palabras en el viento.
Ahora me despido, sin contárselo a nadie, y te pido que te lleves estas malditas ganas de tenerte acá conmigo.

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Carta a un alma dormida.

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Cuánta vida hubo en esas manos que ayer, en silencio, me pedían que no las soltara. Cuánto dolor, cuánto de todo, y con tanta intensidad. En ellas se guardaba la fuerza que siempre tuviste, para seguir, para aguantar, para dar sin esperar.
Hoy no quiero creer que sea verdad; estabas ahí, tan débil, indefensa, pidiendo a gritos un poco más de cariño, de paciencia. Incomprensible, frágil, cantando el último "cielito lindo", susurrando palabras de aliento y buenos deseos. Supicándole a tu dios que te dejara ir con él y en paz, con tus hermanos, con ese hombre del que tanto me hablabas, llorando, extrañándolo.
Mientras yo le suplicaba a la vida que dejaras de sufrir, que pudieras sonreír una vez más y te sintieras satisfecha, por todo lo que diste.
Yo estaba esperando el impacto, ese aire frío que me iba a hacer llorar, quebrar, caer, y levantarme más fuerte. Te dí un beso y un abrazo cada día, cuando pude. Te mandé una caricia con el alma, cuando no pude. Hasta el final, que llegó y pasó.

Te quise y te quiero con el alma, para siempre.
De todas las formas que me llamaste, la que más me gustó,
María Carnaval.

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